Archivar paraDiciembre, 2007
Passage du Silence
En el passage du silence los amantes discutían haciendo círculos en el aire como si estuvieran regulando el tráfico, apretaban los músculos de la cara y se esforzaban por juntar las cejas. Otros, a oscuras, con mejor suerte, se cogían las manos con fuerza y se pellizcaban, sin emitir ninguna clase de ruido; así demostraban lo mucho que se querían y lo bien que lo estaban pasando.
Gustave, “el sacamuelas”, se quedó sin trabajo y tuvo que mudarse a otro distrito.
Émile, la bibliotecaria, alquiló un ático porque nunca supo como desconectar del trabajo: “hay gente estudiando”, repetía malhumorada. Para ella los problemas acabaron en el momento justo en que el señor de la inmobiliaria con un bigote muy pegado a la nariz le entregó las llaves.
Abélard, un vecino, revisaba cada mañana las puertas y ventanas de su vivienda, echaba antigrasa en las bisagras y seguía con sus tareas diarias, algo que, sin ninguna duda, había pasado a convertirse a parte de su hobbie, en una obsesión.
Geoffroy se sentaba con una flauta de plástico, casi al final de la calle. A su lado, un cartón: PARA LA MÚSICA. Entonces movía los dedos sin soplar, e imaginaba que era un concertista. En su maleta no dejaban de caer francos, todos coincidían: de los mejores que se habían visto por allí.